El llamado interior

El día que ya nada vuelve a ser igual.

 

La vida transcurre con normalidad, ser como los demás es el ideal, pertenecer a las modas, grupos sociales, clases… Encajar es el objetivo. Esa es la vida, es lo que hay, lo que nos toca.

Has pasado tu vida con altibajos, amores, desamores, alegría, tristeza, pasión, depresión, llanto, felicidad… lo nuevo, lo viejo.

Miras a los más viejos que tú, a los más ancianos, a los que llevan buena parte del camino recorrido. Tratas de entender sus vidas para tomar nota y hacer los ajustes pertinentes en la tuya, más sabe el sabio por viejo que por sabio. Hay algo que no cuadra, o más bien, cuadra muy bien, cuadra… perfectamente.

Todas las vidas son casi la misma, por lo menos en su estructura son una copia al carbón casi idéntica una de la otra: La alegría e inocencia de la infancia manchada con alguno que otro suceso doloroso y traumático que guío el andar en la adolescencia, los vicios adquiridos y la rebeldía de una etapa que reta el status quo del mundo que te rodea y que tanta presión ejerce sobre ti, para encasillarte y moldearte a su antojo, la adolescencia tan solo es, unos cuantos años de negación y lucha contra el sistema esclavizador. Hasta que somos esclavizados por nuestro propio desarrollo sexual y encontramos al amor de nuestra vida. Ahí no queda más que rendirse ante el sistema, «sentar cabeza» decían las abuelas. Bueno, tú sabes, formar una familia tradicional requiere que seas amigo del sistema.

El ciclo de la vida indica que hay 4 etapas: Nacer, crecer, reproducirse y morir. Llevamos 3 de 4, ¿Qué falta? Morir… Bueno, y eso sucede ¿Después del primer hijo? Si no tengo hijos ¿Seré Inmortal?

Y así pasan los años, entre hijos que crecen, empleos, deudas, aguinaldos, vacaciones familiares, seres queridos que parten, nacimientos, navidades, cumpleaños, comidas familiares, fiestas con amigos, tener vicios, dejar vicios, divorcios, matrimonios, amantes, accidentes, metas cumplidas, fracasos, el amor de la gente, el odio de la gente, los nietos, la vejez, la pensión, canas, calvicie, glúteos y senos caídos, impotencia, panza, dientes que hay que sacar, dolor de rodillas, de espalda, artritis y perdida de la agudeza visual.

Ante la proximidad de la muerte, hay dos comportamientos para encarar su llegada. Los que entre rencores y resentimientos, sueños no cumplidos, fracaso y frustración, maldicen la vida que les toco vivir y en lo profundo se regocijan con la ilusión del “¿Que hubiera pasado si?”.

Por otro lado, están los que agradecen lo fantástica y maravillosa que fue su vida llena de bendiciones. Cualquiera que fuera el caso anterior, solo les queda el momento presente, no hay muchos planes que hacer a futuro, porque no saben si el día de mañana amanecerán vivos. Pacientes o impacientes esperan la última etapa del ciclo biológico, la muerte.

En ese ejercicio de observación a las vidas de los demás, has mirado pasar tu vida entera frente a tus ojos, esa vida que crees, estaba destinada para ti. La has visto reflejada en la vida de otros. Si bien no la juzgas y la respetas, existe una sensación de vacío y resignación malsana en creer que la vida se limita solo a eso… Nacer, crecer, reproducirse y morir.

Un letrero de luz neón con la frase “Hay algo más” se enciende en la obscura e infinita noche de la incertidumbre.

Esa idea de “Hay algo más”, es lo que ha llevado a grandes mujeres y hombres a la búsqueda y conquista de lo que sea que represente para ellos ese “Algo más”. Algunos conquistaron el mundo y crearon imperios, otras dirigieron esos imperios, algunos han sido crueles y despiadados, otras demostraron su infinito amor incondicional a la humanidad. Sea como fuere, estaban en la búsqueda de ese “Algo más”.

No todos somos Alejandro Magno o la Madre Teresa de Calcuta y nuestra búsqueda de «Algo más» es diferente. Lo que si podemos compartir con ellos, es lo que nos motiva a hacer lo que hacemos, sea grande o pequeño… Para algunos es una voz interna, suave y tierna, que de manera sutil insiste en que la escuches, un susurro. Para otros es una constante incomodidad que llama ser atendida, que la mires y te dejes guiar por ella.

El llamado interno no te dejará tranquilo hasta tu último día en la tierra, quizá te preguntes ¿Por qué los demás no lo han escuchado? Déjame decirte, que lo ahogamos en un mar de pensamientos incesantes, silenciado por el reciclaje de emociones repetitivas, desatendido por la prioridad exclusiva de las labores diarias, enterrado en el suspiro de “Ojalá hubiera algo más, pero esto es lo que hay”.

Y no, no hay una guía de 10 pasos para escuchar tu llamado interno. Porque no hay 10 pasos, hay uno solo… Es el paso de aventurarte a lo desconocido, de hacer conocido lo desconocido, de permitirte ser guiado por algo en tu interior que es más poderoso que tus propios miedos y limitaciones. Vivir una vida de total descubrimiento, de expansión, una vida que valga ser vivida. Solo en ese momento rompemos de manera simbólica con el ciclo biológico de la vida, ya no estás ahí, llevando una vida normal, esperando la llegada del fin.

Estás ahí, viviendo con pasión cada segundo que tienes.

El llamado interno, una vez escuchado, te regala nuevos ojos para mirar el mundo de manera diferente, un corazón que late en sincronía con el universo y la oportunidad de conectar con tu alma y espíritu.

Vivir una vida con todos esos regalos, es vivir en la totalidad de tu ser.

¿Que es lo que dice tu llamado interno?

No lo sé, es algo que te toca a ti descubrir. Yo estoy empezando a escuchar al mío, y aunque a veces parece que habla en chino, poco a poco nos vamos entendiendo.

Si estás aquí, es porque el teléfono está sonando.

¿Estás listo para contestar la llamada?

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